
Federico Luppi no temía a la muerte, pero si le daba pena dejar la vida.
Días antes de sufrir el accidente doméstico que acabaría seis meses después con su vida, Luppi había finalizado el rodaje Necronomicón, el libro del infierno y preparaba la gira teatral de Las últimas lunas bajo
la dirección de su pareja, la actriz y directora española Susana
Hornos. Se trataba de una reflexión sobre la vejez que el italiano Furio
Bordon ya concibió para otro actor, Marcello Mastroianni, que se
despediría para siempre de su público precisamente con esa obra hace dos
décadas.
Comprometido en cuestiones
políticas dentro y fuera de la pantalla, Luppi imprimió su personalidad
seca y acerada en cada personaje que escogía a lo largo de su extensa
trayectoria. Y revelaba su temperamento en las reflexiones que a menudo
manifestaba sobre el panorama de sus dos países: el de origen y el de
adopción.
Repartía sus trabajos
cinematográficos entre Argentina y España. Aquí le dirigió uno de sus
directores de cabecera, Adolfo Aristarain, en La ley de la frontera (1995) y Martín (Hache),
una película donde su interpretación se reconoció en 1997 con la Concha
de Plata del Festival de Cine de San Sebastián. También actuó a las
órdenes de Mariano Barroso (Éxtasis), Mario Camus (La vieja música), Gerardo Herrero (Frontera Sur, El lugar donde estuvo el paraíso), Antonio Hernández (Lisboa)...
La crisis que devastó
Argentina a comienzos de este siglo, con la llegada de Fernando de la
Rúa al poder, le trajo de nuevo a España. Esta vez para quedarse.
“Volveré con la frente marchita”, advirtió antes de su partida, como
decía el famoso tango de Gardel. Y regresó en los tiempos de Néstor
Kirchner en la Casa Rosada.
En mayo de 2003 recibía del Consejo de Ministros español la nacionalidad española. El mismo día en que la obtuvieron tres compatriotas suyos: el guionista Jorge Víctor Goldenberg y los directores Marcelo Piñeyro (con quien había trabajado en Caballos salvajes) y Adolfo Aristarain (colaboró con él hasta en cinco ocasiones más allá de las citadas). La primera de ellas fue en 1981 con Tiempo de revancha, en la que interpretaba al minero sindicalista e insobornable Pedro Bengoa, uno de sus papeles de mayor relevancia. Se estrenó en pleno régimen castrense y la escena del desenlace impactaría al público de la época. Y es que el personaje de Luppi se cortaba la lengua a modo de metáfora de lo que sucedía en Argentina. Su tándem con Aristarain se repitiría al año siguiente con Últimos días de la víctima, mientras que en 1987 llegaría Traición y venganza. En 1992 escalarían juntos a la cumbre del éxito gracias a Un lugar en el mundo, que obtuvo la Concha de Oro en San Sebastián. Su última aventura tuvo lugar en 2002 con Lugares comunes.
Otro nombre de referencia en su carrera fue Guillermo del Toro, en cuyo salto al largometraje estuvo presente. Se titulaba Cronos, y la apuesta por aquel cineasta novel le reportó el premio al mejor actor en el Festival de Sitges. Con Del Toro renovaría su alianza años más tarde con El espinazo del diablo (2001), seguida por El laberinto del fauno (2006), título capaz de proyectar su carrera a nivel internacional.
El mexicano expresaba en Twitter la desolación que le produjo la muerte del titán argentino: “Se ha ido nuestro Olivier, nuestro Day Lewis, nuestro genio. Mi amigo querido. Hombre bueno y leal”. Ese fue solo uno de los numerosos tweets que desbordaron la red social horas después del fatal desenlace.
Hijo de una familia humilde
de inmigrantes italianos, Federico José Luppi Malacalza había nacido un
23 de febrero de 1936 en Ramallo, una pequeña localidad agrícola en la
provincia de Buenos Aires. El artista la tildaba de “muy gringa”. Pronto
se marchó a la capital con el sueño de ser dibujante y escultor, así
que cursó estudios de Bellas Artes que se costeaba con empleos dispares:
en un banco, para un taller de grabados, como corredor de seguros...
Hasta que afloró su vocación teatral y lo dejó absolutamente todo por
ella.
Su nombre fue habitual
durante años en las marquesinas de la Avenida Corrientes porteña. En los
años sesenta aprendió de Carlos Gandolfo, Agustín Alezzo, Augusto
Fernándes y Hedy Crilla, “el grupo de los adelantados de Stanislavsky”,
como él los llamaba. Los recordó en una entrevista para la Revista Ñ en
2013, cuando estrenó en Buenos Aires el montaje La noche del ángel. Asumió entonces tanto la dirección como el protagonismo sobre el escenario.
Debutó en el teatro con Ha llegado un inspector, primer título de un currículum al que añadiría luego Convivencia, Soledad para cuatro, El canto del cisne, Nuestro fin de semana, El vestidor... O El guía del Hermitage,
del autor Herbert Morote. “Al recibir ese texto sentí cierto temor”,
confesaba a Beatriz Portinari en enero de 2008 para El País, “pues
llevaba 10 años sin subir al escenario. Y los antropólogos dicen que se
pierde lo que no se usa". Pero al final levantó el telón bajo la
dirección de su paisano Jorge Eines. “No se puede vivir sin sueños”,
afirmaba Luppi en la presentación de aquella obra, una oda a la
capacidad de ensoñación tras la cual se escondía una historia real. Fue
“el extremo humano” al que se veía abocado su papel de Pavel Filipovich
lo que convenció al actor para volver a escena. Porque ese guía del
Hermitage ofrecía visitas clandestinas durante el asedio nazi a
Leningrado, y pese a que de las paredes de la pinacoteca ya no colgaban
cuadros, los visitantes podían imaginarlos gracias al fervor de sus
explicaciones.
En España le vimos por última vez sobre las tablas en 2015 con El reportaje. En
el pellejo de un militar de la dictadura argentina de 1976. A propósito
de esa obra recordaba que vivió su primer golpe de Estado a los 13
años: “Solo pensaba en que ocurriera algo mágico para que desapareciera
aquella gente”.
Pero fue en el celuloide
donde Luppi trazó su más prolífica andadura. Casi un centenar de
producciones deja a los cinéfilos. La primera, Pajarito Gómez (de Rodolfo Kuhn), a los 28 años. Apenas tardaría un par de años en despuntar a nivel nacional con El romance del Aniceto y La Francisca (Leonardo
Favio, 1967), puesto que con ese filme obtuvo el primero de los seis
Cóndor de Plata que acumula su palmarés. Los demás los recibió por Tiempo de revancha, Plata dulce, Un lugar en el mundo, Sol de Otoño y Martín (Hache).
Pero si hubo un año clave para Luppi, ese fue 1974. De la mano de un comprometido Héctor Olivera filmó La Patagonia rebelde,
sobre el fusilamiento de obreros del campo en 1921 tras declararse en
huelga. La cinta fue prohibida y los profesionales que trabajaron en
ella engrosaron la lista negra de la dictadura. Olivera le ficharía de
nuevo en 1983 para No habrá más pena ni olvido.
Desde ese momento encadenó una producción con otra. La última llegó hace unos meses a la gran pantalla: Nieve negra. Y en el tiempo libre que le quedaba entre los rodajes grabó series televisivas, con 40 títulos entre El amor tiene cara de mujer (1964) y la reciente En terapia (2014).
En 1996 presumió de doble candidatura a los Goya, como actor de reparto por La ley de la frontera y protagonista por Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto, un filme por el cual sí recibió unos meses antes el Ondas de interpretación. Luppi se puso detrás de la cámara con Pasos (2005), su única experiencia en la faceta de director, sobre cómo un grupo de amigos celebraba el fracaso del golpe de Estado en España.

