Madrid, 9 de octubre de 2026
Cruzar las puertas del Palacio de la Prensa es impregnarte con olor a palomitas y dejarte envolver por la fantástica estética del cine que han forjado años y años de historia dentro de este emblemático edificio de Gran Vía. Este jueves 8 de octubre, su sala principal se abarrotó para recibir a Diego Luna en una nueva entrega de Mi vida en películas, el ciclo organizado por Ámbito Cultural (El Corte Inglés) y la periodista cinematográfica Andrea G. Bermejo (Cinemanía) en colaboración con la Fundación AISGE. Luna, que este viernes estrena Ceniza en la boca, la película que él mismo ha dirigido, no les defraudará: durante una hora, el genio mexicano hablará de inmigración, experiencias infantiles, su paso por el programa Jimmy Kimmel Live! o aquel papel como Cassian Andor en el universo de Star Wars.
La primera parada es, en efecto, Ceniza en la boca, el largometraje que le ha vuelto a colocar detrás de la cámara y que adapta la novela de Brenda Navarro. Luna explica que el libro le atravesó porque encontró en él una historia sobre la inmigración que podía hacerse personal. El filme, a diferencia de la novela, se concentra en el momento en que la protagonista llega a España y se enfrenta a una realidad mucho más dura de la que esperaba. “Es contra natura pedirle a un niño que entienda que es mejor que esté lejos de su madre”, resume.
Ceniza es, a su juicio, “una historia mexicana en España”. Una mirada sobre España desde la experiencia de quien llega de fuera. Para construirla, había que ser pacientes, observar y esperar. De ahí que Luna quisiera construirla desde los pequeños gestos presentes en el día a día, capaces de evidenciar un racismo que no siempre aflora con grandes frases inapelables, sino que puede instalarse en el lenguaje y en las costumbres.
En los años ochenta, su padre, el escenógrafo teatral Alejandro Luna, viajaba con frecuencia a España. Más tarde llegaron sus primeros trabajos con actores como Carmen Maura, Héctor Alteiro y, en 2003, Soldados de Salamina, de David Trueba, que supuso además su primera presencia en el Festival de Cannes. “Para mí era natural pensar en España como un bloque”, recuerda.
Si una idea atraviesa toda la conversación es que el cine no apareció de la nada. Primero había llegado el teatro. Y antes, incluso, la mirada de su padre. Recuerda Luna una puesta en escena que vio de niño y que le enfrentó a un México que hasta entonces no conocía, una realidad callejera de la que su padre había intentado mantenerle alejado. “Empezar tan joven significa que hay cosas que me pasaron antes como actor que como ciudadano. Me tocó interpretarlas antes que experimentarlas”.
Por eso también reivindica las películas que le hicieron mirar de otra manera. Recuerda en especial a los directores que conoció cuando tenía 16 años: cineastas que le parecían pertenecientes a otra generación, hombres que habían necesitado décadas para llegar a dirigir, “con las manos amarillas de fumar durante tantos años”. Y entonces estaban Alfonso Cuarón y Guillermo del Toro. Cuarón, recuerda, había empezado con Solo con tu pareja. Del Toro había recorrido otros caminos antes de consolidarse como director. Aquellas primeras películas le transmitieron algo fundamental: “No hacía falta esperar a que tuvieras el cabello blanco y que te hablaran de usted para ser un gran director”.
“El cine documental llegó en un momento importante en el que la ficción me sabía seca”, anota Diego. Ahí aparece Trópico de Cáncer, el documental de Eugenio Polgovsky sobre la supervivencia de una familia en el desierto de San Luis Potosí. Luna explica que aquella cinta le permitió descubrir otra forma de relacionarse con el cine. “Entendí que esto es una experiencia que no termina cuando se encienden las luces de la sala”.
Gracias a todo ello nace Ambulante, el festival itinerante de documentales que impulsó junto a Gael García Bernal y otros colaboradores. “Depende de los fondos si es grande o chico”, anota, “pero el propósito es viajar y llevar documentales, documentalistas y herramientas para que, quien quiera empezar, pueda hacerlo”. “Además”, agrega el actor y director, “en México hay una necesidad de contar, de cuestionar e invitar a reflexionar a un público sobre esa realidad que tienen enfrente y que totalmente ignoran”.
Un título alrededor del que inevitablemente gira la conversación termina siendo Y tu mamá también. Han pasado 25 años desde que Alfonso Cuarón reuniera a Luna, Gael García Bernal y Maribel Verdú para contar el viaje de Tenoch, Julio y Luisa por México, pero el actor todavía habla de aquel rodaje como “el momento en que cambió mi manera de entender el cine”. Con Cuarón descubrió otra forma de trabajar, basada en la preparación, la planificación y un mayor compromiso con la historia. “A Alfonso yo le debo también hacer cine”, añade. “Con él entendí que aquí solo hay que estar si estás preparado”.
Entre rodaje y rodaje se cuelan también pequeñas historias que parecen escritas para algún futuro guion. La de Woody Allen es una de ellas. Viajó para conocer al director, esperó mientras este terminaba de editar y, cuando finalmente apareció, Allen le abrazó, le miró en silencio y se marchó. Luna salió de allí dando por hecho habrían decidido darle el papel a otro. Poco después recibió la llamada: era suyo. La peli fue Todo lo demás (Anything else, 2003). El encuentro, resume, “fue desconcertante”.
Una galaxia ‘chingona’ Algo parecido le ocurrió con Rogue one. Fan de Star Wars, Luna se reunió con Gareth Edwards en un restaurante vacío. El director comenzó a enseñarle imágenes y a contarle la historia. Luna estaba encantado, pero no entendía qué papel tenía él allí. “¡Te va a quedar chingona!”, bromea que contestó al director británico. Edwards le explicó que quería trabajar con él desde que había visto Y tu mamá también. El proyecto era Rogue One. “Cuando lees el guion de Y tu mamá también no puedes imaginar que eso te vaya a llevar a Star Wars”.
Necesidad de contar Las superproducciones abocan a la fama, pero enseguida acota esa idea de construir una carrera alrededor del estrellato: “Eso de las estrellas se lo puedes endilgar a los influencers”. La popularidad, dice, es una consecuencia, no el objetivo. “Sí me importa que la gente vaya al cine y las películas se vean, pero no es por lo que haces esto”. Para él, “da igual el tamaño de la producción: cuando empieza es lo mismo y los nervios aparecen de la misma forma”. La diferencia está en cuánto puede un proyecto mantener su propio punto de vista. Luna denuncia que “hay un cine que se decide en despachos, y entonces se pierde la brújula”. Son ese tipo de películas que abundan porque, según él, “da miedo arriesgar”.
Las luces vuelven a encenderse, Diego Luna tiene que seguir con su agenda y en la sala queda la sensación de haber recorrido una filmografía construida a golpe de encuentros improbables: un padre, cientos escenarios, dos castings memorables, un documental, Alfonso Cuarón, Woody Allen, Gareth Edwards y una galaxia muy lejana. Pero antes de irse, una última recomendación en torno a Ceniza en la boca: “Si les gusta, tienen que hablar de ello muchísimo. Y si no les gusta, tienen el compromiso de callarse la boca…”.
Fuente: AISGE
Texto y fotos: Teresa Truchado

