
Ecuador despierta ahora con ayudas gubernamentales, premios internacionales y temáticas valientes. En el transcurso de este nuevo siglo ya se cuentan, por ejemplo, tres importantes obras del ganador del premio Latin Artis 2015, Sebastián Cordero: “Ratas, ratones, rateros” (nominada al Goya en 2000), “Crónicas” (aspirante al Gran Premio del Jurado en el Sundance Film Festival de 2004) y “Rabia” (vencedora en Málaga en 2010). En 2014 el documental hispano-ecuatoriano “Asier y yo”, escrito y dirigido por el actor Aitor Merino y su hermana Amaia, se estrenó en San Sebastián y obtuvo el Premio Irizar al Cine Vasco.
La puesta en marcha del Consejo Nacional de Cine en 2006 desató un boom que hoy permite la realización de unos 15 largometrajes por temporada y dejó atrás un período de inactividad en el que solo se lanzaba un título cada tres o cuatro años. “Qué tan lejos”, premiada incluso en el Festival de Montreal, dio el pistoletazo de salida a esta nueva época dorada: unos 220.000 espectadores la convirtieron en la segunda película local más vista de todos los tiempos, cerca del récord obtenido en 1990 por “La Tigra”. Su argumento plasma el viaje de una turista española por el país en compañía de una estudiante ecuatoriana que busca al chico que ama. Ambas se conocen tras subir a un autobús y, a causa de una huelga general que bloquea la carretera, terminan recurriendo juntas al autoestop.
El futuro pinta alentador también para la industria televisiva a raíz de la Ley de Comunicación, que prevé una cantidad creciente de contenidos generados en Ecuador. De marchar todo según lo concretado sobre el papel, las parrillas dedicarán al menos un 40 por ciento de su espacio a producciones autóctonas. Pero como sucede en otros países, la norma peca de imprecisa: no exige que tales obras sean ficciones y documentales. Y tampoco especifica que sean de nueva creación, lo que abre la puerta a continuas reposiciones.
“Actualmente se estrenan dos o tres series al año, y con un punto de vista muy local”, anota Diego Mignone, presidente de UNIARTE, entidad de gestión de actores y autores audiovisuales de Ecuador. Aún abundan las telenovelas con capítulos de 30 minutos al día, aunque ya se abre paso ese formato de una hora semanal con resultados más cuidados. “Ese género supone una gran oportunidad para cualquier actor”, asegura, “pues proporciona empleo durante un año o más y una exposición tremenda. No sería acertado dejar de lado algo que se vende bien, pero sí alumbrar propuestas cuya calidad sea superior a la de esos culebrones melodramáticos que ya están agotados”.
El audiovisual ha encontrado en la publicidad otro revulsivo. La citada Ley de Comunicación obliga a que se grabe en el país un 90 por ciento de todos los anuncios emitidos, que no solo se difunden dentro del territorio nacional, sino que a menudo se usan para impactar también en la audiencia de otros estados de la región. No tan reluciente es, en cambio, la situación de quienes se dedican a ello: “Estamos luchando por unos sueldos dignos. Si una campaña tiene 500.000 dólares de presupuesto, a los actores nos dan 500. Pretendemos que la cantidad se duplique y, además, que aumente ligeramente si el spot trasciende nuestras fronteras”.
El potencial existe. “Antes no había escuelas especializadas en interpretación ante la cámara”, explica nuestro interlocutor, “pero ahora funcionan un montón. Además están regresando profesionales de distintas disciplinas que se han formado incluso en EEUU, lo que constituye una gran baza”. Al factor humano se une la voluntad de un gobierno que “está invirtiendo en crecimiento pese a la desaceleración” y al que “le interesa convertir el canal público de televisión en plataforma para realizar contenidos exportables”.
Para
que nadie ponga en duda la capacidad de Ecuador, Mignone habla de su
prestigio en diferentes ámbitos: “Entramos en el mercado de las flores
tres décadas atrás, cuando Colombia ya era un exportador enorme. Hoy
nuestras flores son consideradas como las mejores del planeta. Y estamos
haciendo lo mismo con el chocolate, vendiendo productos que ganan
numerosos premios por la calidad de nuestro cacao”. Más allá de la
exportación, en el audiovisual se baraja otra estrategia en sentido
contrario, la de los rodajes desarrollados en el propio país por
empresas foráneas. ¿Cómo convencerlas? Aprovechando que los costes son
más bajos que en otros lugares y añadiendo incentivos fiscales. Pero a
nadie se le escapa que a medio camino entre esas dos alternativas surge
la posibilidad de acometer coproducciones.
Las ventajas parecen evidentes. La distribución internacional de obras ecuatorianas o rodadas en Ecuador permite dar a conocer la cultura propia. Y eso repercute en el turismo, máxime si se trata de un destino atractivo, como es el caso. Por otro lado, una industria fuerte pondría fin a la tradicional emigración de actores hacia EEUU (sede de las cadenas hispanas Univisión y Telemundo), Colombia o España. Hemos visto al propio Mignone como el psiquiatra Diego de la Vega en Yo soy Bea o el periodista del corazón Cucho Malespina en La reina del sur, aunque también ha formado parte de las películas Mileuristas (que llegó al Festival de San Sebastián) y Tres días de oscuridad, filmada el pasado verano. Entre los compatriotas que hicieron las maletas figuran los televisivos David Andrade (doctor en Hospital Central), Amaruk Kayshapanta (Águila Roja, El cor de la ciutat) o Giselle Calderón, la tripulante más dulce de El barco.
Las asociaciones UNIARTE (entidad de gestión) y UNIACTORES (de naturaleza política) creadas por un grupo de actores encabezados por Diego Mignone y Marisol Romero, fueron creadas en junio de 2014. Con más de 200 socios, ambas reclaman en Ecuador los derechos correspondientes a los intérpretes, que en la actualidad encuentran allí no pocas limitaciones. “La Ley de Cultura nos define como trabajadores”, cuenta, “pero no ocurre lo mismo con el Código Laboral. Si queremos cotizar, tenemos que hacerlo como autónomos. Proponemos un régimen especial para actores, similar al que existe en España”.
Sí se contempla la compensación por copia privada, del 4 por ciento sobre el precio de los dispositivos tecnológicos y de un 10 en el caso de soportes como los CD o DVD. Otro de los frentes abiertos persigue el establecimiento de la remuneración por comunicación pública. Mientras tanto se negocian salarios mínimos con algunas productoras.
Diego Mignone opina que Rafael Correa “está rodeado de ministros que no entienden la relevancia que la cultura tiene en el PIB”. Al tiempo, los intereses de las empresas tecnológicas y de telecomunicaciones pesan cada vez más: “Forman un lobby mundial que utiliza argumentos falsos. La copia privada no encarece los precios, como ha quedado claro en España, donde el valor de los aparatos se mantiene igual tras su supresión”. E incluso dentro del propio colectivo hay artistas que no se involucran porque han sido amenazados con dejar de trabajar.
Por media América se escuchan ya las carcajadas de Enchufe.tv, un canal de sketches sobre la idiosincrasia ecuatoriana que se lanzó en noviembre de 2011 a través de YouTube, donde acumula casi ocho millones de leales suscriptores. Las cifras tampoco se quedan atrás en sitios como Facebook (seis millones de ‘Me gusta’) o Twitter (656.000 seguidores), un éxito reconocido con trofeos internacionales y el pase de los vídeos por la popular cadena privada Ecuavisa. Los autores piensan incluso en rodar una película. De momento, el fenómeno cómico sigue creciendo en Internet a ritmo semanal, con una nueva pieza cada domingo. Uno de sus principales rasgos es el uso de un lenguaje coloquial.
Aunque nació para la televisión convencional, Secretos está disponible también en la red, a cuyos usuarios ofrece secuencias exclusivas. Esta ambiciosa apuesta de Ecuavisa se estrenó en octubre de 2013 y ya va por la segunda temporada. Sus entregas semanales, a modo de telefilmes de una hora de duración, son independientes entre sí: presentan argumentos, géneros y elencos distintos, pero siempre con el amor como eje central.
La directora recuerda en este documental la tortura y asesinato de sus hermanos Carlos Santiago y Pedro Andrés a manos de la policía en 1988. Los dos adolescentes fueron detenidos sin motivo alguno. Solo las denuncias de la familia ante distintos organismos y la confesión de un agente implicado consiguieron que se investigase internacionalmente lo ocurrido, un proceso que concluyó con el encarcelamiento de varios culpables y una indemnización millonaria del Estado a los Restrepo. No obstante, la herida permanece abierta, según palabras de Diego Mignone: “La cuestión ha sido tan tapada y se han destruido tantas pruebas que continúa siendo un misterio. Ni siquiera han aparecido los cuerpos. Los padres iniciaron una campaña de protesta con la que cada miércoles tocaban bocinas frente al Palacio de Gobierno”.
Su guión gira en torno a Jaime Roldós Aguilera, presidente ecuatoriano entre 1978 y 1981, cuando murió junto a su esposa en un accidente aéreo. Eso dice la versión oficial, pero detrás de este documental multipremiado hay una profundísima investigación que, a partir de testimonios de familiares y funcionarios, sugiere la posibilidad de un atentado perpetrado por la CIA. El mandatario se había alzado como personaje incómodo para EEUU después de poner fin a sucesivas dictaduras militares y devolver la democracia al país.
Esta cinta de amor y supervivencia coproducida con Argentina se remonta a 1941, año en que Ecuador perdió buena parte de su territorio tras la guerra que libró contra Perú. El director rescata las añejas vivencias de un pariente suyo a través del joven protagonista, que encarna al inexperto soldado ecuatoriano Jorge, a quien el ejército enemigo mantiene secuestrado durante meses. El cautiverio en la selva amazónica le enfrenta al hambre y los golpes, una situación que soporta gracias a la solidaridad de otros prisioneros, aunque acaba debatiéndose entre escapar con ellos o permanecer en el campamento bajo el cuidado de una enfermera peruana. Está enamorado de ella. Al final le liberan con la llegada de la paz, cuando sus compatriotas ya le daban por muerto.
Otro largometraje de ficción basado en hechos reales y ambientado en el Ecuador de los cuarenta. En tono de comedia negra presenta a un banquero solterón de nombre Bernardo José Riofrío. Vive con su madre achacosa, a quien atienden un médico nazi que huyó de Alemania y la enfermera de este, cuya belleza vuelve loco al protagonista. Convencido por el doctor de que el Reichsmark (moneda utilizada en el moribundo régimen de Hitler) llegará a ser fuerte en el futuro, roba dinero de su banco para adquirir una gran cantidad de esa divisa inútil. Es víctima de un timo, así que se traslada a un pueblo andino con la intención de estafar a sus analfabetos vecinos y termina ejerciendo de alcalde, todo con tal de cumplir el sueño de su amada: viajar a París. Ya no es un cualquiera, y sin embargo, tanto poder no le da felicidad.

