Madrid, 21 de mayo de 2026
El objetivo de los festivales de cine, como el de Cannes, es reconocer los trabajos cinematográficos fruto de la creatividad humana y los valores estéticos y culturales o espirituales que evocan tales obras. El avance de la IAGen en la industria audiovisual es inexorable y ya se usa en el proceso de producción como una herramienta más.
El cine y el audiovisual siempre ha ido de la mano de la tecnología de vanguardia, pero hasta fechas recientes, dicha tecnología constituía una herramienta al servicio de la creatividad humana. La irrupción de la IA en los procesos creativos de las obras audiovisuales provoca el debate sobre la elegibilidad de obras creadas con apoyo excesivo de estos sistemas tecnológicos cuando las mismas compiten como candidatas a determinados premios.
Para poder dar una solución acorde a la realidad, debemos partir de la premisa de que estos certámenes no fueron concebidos como un incentivo a la innovación, para dar trofeos a la producción más barata o medallas a la mayor eficiencia tecnológica. Todo lo contrario, nacieron para premiar a quienes, con su creatividad, lograron crear obras dignas de ser galardonadas.
El problema no es la tecnología como tal, pues el cine es tecnología desde que nació a finales del siglo XIX, y cada evolución tecnológica ha permitido que mejorase la forma de emocionarnos con sus historias: desde el cine mudo al sonoro, del cine de animación hasta la producción de series para televisión o para las actuales plataformas digitales, del montaje digital a los efectos visuales más sofisticados. Pero con la IAGen la cuestión es distinta, pues se trata de delimitar dónde está la frontera en la que la herramienta ocupa el lugar del creador. Cuando esa frontera se sobrepasa, no estamos ante talento humano, sino ante una especie de proceso de automatización en la ejecución de la obra, carente de proceso creativo.
Si aún había dudas del impacto de la IAGen en la industria, la película Bitcoin: Matando a Satoshi, anunciada como la primera gran superproducción de Hollywood construida con apoyo intensivo de IA, deja claro que la IAGen va a cambiar la forma en que se llevan a cabo algunas producciones, que seguro conquistarán una parte del público, pero al tiempo se albergan serias dudas que puedan suplantar a las producciones clásica, cuya configuración y finalidad resulta difícil de desplazar sin alterar su esencia y su razón de ser.
Visto lo cual, debemos preguntarnos si una obra que obtiene una ventaja tan decisiva por el uso de herramientas de IAGen debe competir en igualdad de condiciones con otra cuya singularidad procede del trabajo y de la creatividad humana. El tiempo apremia, y las distintas academias y organizadores de festivales deben dar respuesta a esta cuestión y adaptar sus normas a esta nueva realidad. No podemos verlo como algo defensivo, sino como una redefinición de los méritos necesarios para ser elegible y premiado.
En España, los Premios Goya han adoptado una posición bastante estricta, y las bases de la reciente 40ª edición incorporaron un artículo 3.4 dedicado expresamente al uso de la IA en las obras inscritas. De manera clara y sin ambages, la Academia parte del principio de autoría humana, y solo admite la IA como asistente, obligando a declarar el uso de estas herramientas, de manera que la institución se encuentre facultada para declarar una obra no elegible cuando ese principio se vea vulnerado.
No todas las categorías son iguales y, por ejemplo, en la categoría de Mejor Música Original y Mejor Canción Original, el productor y el compositor deben declarar que no se ha empleado IA como medio generador. Tiene su lógica, pues si lo que se premia es la creación musical, no puede aceptarse que el acto compositivo haya sido desplazado por la IAGen, ya que se estaría premiando al modelo, no al compositor.
Siguiendo en el continente europeo, vemos bastantes diferencias. El reglamento de los BAFTA indica que se otorgan para reconocer y premiar el logro humano extraordinario, pero no han incorporado cláusulas relativas a la IAGen para 2026. La Berlinale ha incluido una pregunta sobre el uso de la IAGen en el formulario de inscripción, indicando que acepta obras que han utilizado IA y reservándose el derecho de pedir información adicional respecto de su uso. Los European Film Awards, los César, los David di Donatello o Cannes tampoco han regulado nada hasta ahora.
La Mostra de Venecia, por el contrario, acoge expresamente las obras «realizadas con el contributo dell’Intelligenza Artificiale», confirmando su apertura al uso de la IA. El Deutscher Filmpreis, como ocurre en los Goya, prohíbe cualquier labor compositiva realizada mediante IAGen, exigiendo una declaración jurada tanto del productor como del compositor. Por su parte, la Academia de Hollywood ha optado por una solución menos cerrada, y sus reglas prevén que los actores y guionistas deben ser humanos. Es decir, el uso de la IA no mejora ni empeora las posibilidades de ser nominados, pero la evaluación sí tendrá en cuenta hasta qué punto la creación de la obra pivotó en la creatividad humana.
Vemos cómo estamos ante un mosaico que revela que el sector no termina de decidir si la IA es una herramienta neutra o, por el contrario, un elemento que altera la forma de premiar al creador. Lo que está claro es que, hasta que no se alcance un consenso, puede que en cada festival o premios académicos se estén reconociendo cosas distintas.
Basta mirar los titulares de la última semana en torno al Festival de Cannes para ver que el patio está más revuelto de lo que parece. Mientras Iris Knobloch, presidenta del Festival, defiende que la libertad de crear es solo para los seres humanos, el director Steven Soderbergh manifiesta que no podemos cerrar la puerta a una tecnología tan útil y que llegará el momento, y está cerca, en que las cosas más valiosas sean las que presentan imperfecciones y defectos. Thierry Frémaux ha declarado que la IA no puede sustituir al talento y que “para montar en una bicicleta eléctrica, hay que saber montar en una bicicleta normal”. La intención está clara. La norma escrita, no tanto. Sea como fuere, la creatividad humana debe ser protegida mediante reglas, y no por declaraciones ante la prensa.
Que la virtud esté en el término medio es algo que ya decía Aristóteles, y conviene recordarlo. Por supuesto que debemos permitir que la IAGen sea una herramienta más en la producción de películas, pero entender que hay categorías diseñadas para premiar el talento y la creatividad humana es indiscutible. Igual que se pueden premiar los mejores efectos especiales hechos con IAGen, no podemos dar un premio actoral o de guion a un software. Las reglas de elegibilidad no tienen que expulsar toda innovación. La clave reside en distinguir el uso asistencial frente a un uso sustitutivo del creador. La corrección de color, la eliminación de ruido, determinados apoyos en la posproducción son trabajos perfectamente compatibles con la elegibilidad de la película en un festival. El problema surge cuando la IAGen genera escenarios, diálogos o personajes hasta el punto de que el rol del ser humano quede relegado al de supervisar lo generado por estos sistemas. Porque, si llegamos a eso, el premiado no será el creador, sino la máquina.
Nada de esto significa que el cine generado con IA no sea digno de reconocimiento, que lo es, pero en su propio terreno. La existencia de circuitos específicos para este tipo de obras, como el World AI Film Festival de Cannes, el AIFA en Mónaco o el Curious Refuge AI Film Festival, demuestra que el uso de los recursos de la IA generativa para la creación de este tipo de obras requiere un espacio propio.Es difícil adivinar qué sucederá en el futuro, pero a fecha de hoy los criterios para premiar al mejor director de fotografía en un set físico son muy distintos de los que se siguen para premiar a un operador de Midjourney. Por tanto, sería injusto premiarlos bajo un mismo galardón. Si bien ambas tareas son dignas de reconocimiento, confundirlas bajo una falsa apariencia de neutralidad tecnológica sería injusto para ambas partes.
Hoy por hoy, establecer una frontera clara entre el cine tradicional y el generado por sistemas de IAGen es más que necesario. Y es por ello que, si pretendemos proteger la creatividad humana, cualquier reglamento debe incorporar al menos cuatro exigencias mínimas: una declaración obligatoria y detallada del uso de IA en el momento de la inscripción de la obra; la identificación de las personas físicas que han sido responsables de las decisiones artísticas de mayor importancia; la exclusión de las categorías relativas a la actuación actoral, intrínseca al ser humano; y la capacidad de las academias y organizadores de festivales de auditar el correcto uso de estos sistemas conforme a sus reglas.
Esta separación debe ser el punto de partida y el futuro nos dirá si estamos ante dos artes paralelas o ante una metamorfosis de la industria del cine. Pero en la actualidad, la cuestión no es si la IAGen puede crear obras, pues es obvio que sí; debemos preguntarnos qué cine queremos premiar en los festivales, pero, sea lo que sea, debe estar consensuado y regulado para premiar a quien con el fruto de su esfuerzo merezca el reconocimiento de sus pares.
La trampa, como siempre, radica en los conceptos usados para referirnos al fenómeno de la creación de obras audiovisuales atribuyendo al software o al algoritmo cualidades exclusivamente humanas como la propia creatividad, la inteligencia, la condición de actor, director o guionista, etc. El proceso de clarificación y deslindamiento ha de comenzar ya y, por ello, es de agradecer la iniciativa que las academias de cine y los festivales han toma al respecto.
Abel Martín Villarejo - Secretario General de Latin Artis y Director General de AISGE. Profesor de derecho Civil en la Universidad Complutense de Madrid
Fuente: AISGE.
Ilustraciones generadas por IA.

