Madrid, 9 de abril de 2026
Venimos advirtiendo que en el "universo IA" no es oro todo lo que reluce y que el desarrollo exponencial de sistemas de AI e IAGen (la IA generativa de nuevos contenidos) no siempre responden una demanda real sino a la necesidad de ofertar novedad permanente a una civilización tecnificada y gobernada por el "Dios Tecno", al menos en lo que va de siglo XXI. Sucede que el desarrollo exponencial de los sistemas IA y demás tecnologías disruptivas pueden ser asumidos por un mercado basado en el dato objetivo y en los procesos lógicos-deductivos, pues ese ámbito resulta muy propicio para la implantación de los diferentes sistemas IA que mejoran la gestión de datos y del conocimiento. De ahí las enormes posibilidades que puede atesorar la IA y la IAGen en campos como la medicina, la investigación en general, el I+D, avances tecnológicos, etcétera.
Pero el ámbito de la creatividad humana y muy específicamente la referida a la creación artística, las potencialidades de la IA y de la IAGen ofrece expectativas menos halagüeñas, dado que la generación y transmisión de emociones humanas precisan tanto de datos razonados objetivamente (proceso lógico deductivo, el que utiliza la IA) como de pensamiento divergente en el que adquieren funciones importantes otras capacidades netamente humanas como la intuición, el olfato, las sensaciones, el lenguaje sugestivo, los recursos del lenguaje expresivo, etcétera, para cuyos efectos creativos precisan de mayor profundidad de comprensión, incluso de un conocimiento cultural determinado, como pueden ser la ironía, el sarcasmo, el sentido del humor o el propio sentido de la estética de cada época.
Es evidente que los algoritmos cada vez son más sofisticados y afinan más porque los sistemas de IA …€“que suelen incorporar sistemas de machine learning…€“ tienen capacidad para aprender, pero su aprendizaje y proceso de perfeccionamiento nunca pueden alcanzar las contradicciones y divergencias que produce un cerebro humano para conquistar a otro cerebro mediante impulsos y recursos creativos diversos. La mente humana, a diferencia de la IA, se alimenta de todo tipo de datos e informaciones, a los que atribuye un sentido y que, combinados con otros datos objetivos o subjetivos, genera soluciones a los problemas o creatividades (ciertamente singulares) en los que se diluye la impronta personal de cada ser creativo en cada instante de su creación. De manera que esas combinaciones de facultades, capacidades y talentos, unos subjetivos y anárquicos, amén de individuales y singulares de cada quien y en cada momento, no parecen al alcance del procesamiento lógico-deductivo del algoritmo.
Quienes amamos el arte y la creatividad artística sabemos de sus dificultades. Requieren un talento muy especial, una formación muy exigente y un desarrollo de dichas capacidades en un entorno muy complejo, el de la industrial cultural, donde los gustos del público dictan la sentencia correspondiente. Sin embargo, la industria tecnológica ha ido colonizando en lo que llevamos de siglo XXI a la industria audiovisual y a la cultural en general con un lenguaje seductor y alimentando el ego natural que cada ser humano alberga en alguna medida en nuestro interior. Se nos ha querido decir que, como quiera que todo ser humano es creativo (cierto: todos tenemos la capacidad mental de solucionar problemas cada día), cualquiera puede ser artista o creador de contenidos culturales, y a tal efecto la tecnología que ellos nos ofrecen nos ayudará a expresar y explotar nuestra creatividad.
Pero todo ese planteamiento, amén de chocar con la realidad de las cosas, provoca la frustración en la inmensa mayoría de aspirantes a artistas, pues el arte en general no es solo una cuestión estética o de aspectos aparentes, sino que con la creación artística se ha de transmitir algún tipo de mensaje, emoción, idea, reflexión o pensamiento. Es decir: el arte o la creatividad humana de carácter artístico no consisten simplemente en crear apariencias de la realidad, ni tan siquiera en imitar a esa realidad de las cosas (mímesis aristotélica) lo más fiel posible, sino en interpretarla y ofrecérsela a los demás con un mensaje capaz de emocionar, despertar los sentidos o agitar sus conciencias. Si se tratase de cocinar, no bastaría con tomar los productos adecuados y cocerlos, asarlos o manipularlos de cualquier manera, sino que hay que lograr que esa comida tenga un sabor determinado que excite el olfato y el gusto para poderla disfrutar.
Tal vez no sean esas las causas formales de la retirada del mercado por parte de OpenAI de SORA, que se distribuyó desde 2024 como uno de los modelos IA más avanzados en la generación de imágenes y sonido (es decir, de contenidos audiovisuales). Y si no coinciden exactamente las razones oficiales con las esgrimidas más arriba, no pueden estar muy lejos. De hecho, el pasado 30 de septiembre OpenAIanunció urbi et orbe el lanzamiento mundial de SORA2, emitiendo una señal de vitalidad del sistema que no parecía corresponderse con la realidad.
En efecto, SORA, el servicio de creación de vídeo de OpenAI, cierra y, de paso, es una incógnita qué ocurrirá con el acuerdo con The Walt Disney Company. Según lo manifestado por OpenAI, la desaparición de SORA obedece a la inviabilidad económica del servicio, que se enfrentaba a altísimos costes de cómputo y una demanda que sigue sin despegar. Esta búsqueda de la rentabilidad es contraria al discurso de que los algoritmos podrían generar escenas, personajes y efectos sin los costes del cine tradicional, de tal manera que todos podríamos hacer nuestras propias películas. Ahora bien, conviene precisar que el mercado de la IAGen de vídeo es más diverso que nunca y que los sistemas de IAGen de imagen ya operan dentro de los flujos de trabajo profesionales. Una muestra de que, poco a poco, se va normalizando su uso en las producciones que usan IAGen como un acelerador de procesos y no como un competidor directo de la creatividad, pero que aún no están ni mucho menos consolidados.
Por otro lado, el cierre de SORA pone de manifiesto la naturaleza volátil de los sistemas de IAGen y su dependencia de factores económicos, sociales e industriales. De ahí el riesgo de intentar legislar sin esperar a un tiempo en el que se consolide algún modelo de IAGen en cada sector creativo-cultural, lo que llevaría asociado un modelo de negocio y unas prácticas contractuales a ad hoc. Lo que no cabe de ninguna manera es poner la carreta delante de los bueyes o la venda antes que la herida, que es lo que parece que estamos dispuestos a provocar en España con el sinsentido que supone la redacción del artículo 13 del proyecto de Real Decreto del Estatuto del Artista.
Cabe preguntarse si el legislador ha tenido en cuenta, entre otros aspectos, que estamos ante tecnologías sometidas a un mercado inestable, condicionado por los elevados costes de computación y en el que los agentes que en él operan aún no disponen de modelos de negocio consolidados y dependen de financiación externa. Pese a ello, desde el Ejecutivo español se propone aprobar una norma que autoriza la generación de réplicas digitales de imagen y voz mediante sistemas de IAGen que pueden desaparecer si no consiguen monetizar dichos costes. Desde esta perspectiva, regular una materia tan controvertida como el uso de la IAGen en las producciones audiovisuales sin una verdadera vocación de permanencia genera una evidente inseguridad jurídica para los creadores, que ven vinculados sus derechos a entornos tecnológicos inestables y potencialmente efímeros. Producir "más" no puede traducirse en generar "más valor". Desde las primeras películas de Georges Méliès a la última producción de Christopher Nolan, vemos cómo el cine ha evolucionado con cada adelanto tecnológico. Pero el uso de las nuevas tecnologías debe hacerse para contar historias que emocionen al espectador. Sin embargo, lo cierto es que la mayoría de las creaciones hechas por usuarios de SORA son piezas breves, de humor o muy técnicas, que están muy lejos de tener un desarrollo narrativo.
Una cosa es la automatización y otra, la creación humana. Crear una obra constituye un acto propio del ser humano y distinto de la mera generación de imágenes. Los algoritmos predicen píxeles y arrojan un resultado, pero no comprenden lo que representan. Y, aunque quienes usan estas herramientas intenten obtener un resultado concreto, este siempre incluirá un componente de aleatoriedad. No decimos que la IAGen no tenga su lugar en el cine, pues poco a poco comienza a integrarse en las producciones para la reconstrucción de escenas, restauración de metraje o la generación de contenidos auxiliares. Es decir, cuando la IAGen es usada como complemento o herramienta al servicio de la creación del ser humano, suma; pero si se usa como mero sustituto del humano, resta.
El artículo 13 regula materias que deben estar regulados en la Ley de Propiedad Intelectual. Ahora, con el cierre de SORA, vemos que el mercado de la IAGen de video aún sigue siendo volátil y se encuentra en pleno proceso de definición. Es decir, que el artículo 13 regula el uso de tecnología y modelos de negocio que aún no están consolidados frente a la protección efectiva de los derechos de los artistas. Todo ello, sin obviar el riesgo que supone la cesión y el tratamiento de datos personales y creativos para el entrenamiento de modelos todavía inestables, dejando el retorno de la inversión al albur de la viabilidad económica de estos.
En definitiva, la IAGen de vídeo no es un juguete que permita realizar creaciones ilimitadas, sino una tecnología costosa que reconfigura el audiovisual como un conjunto de herramientas técnicas, pero que no puede ni debe sustituir a la creatividad humana. El arte cumple una función social muy diferente a otros productos que se fabrican en serie y que no contienen valores, emociones ni otros aspectos que alimentan el espíritu humano como lo hacen una obra audiovisual, un libro, un cuadro o una canción.
El cierre de SORA no solo valida la tesis de que la IA genera, pero no crea ni interpreta, y que estas tecnologías, por rápido que avancen, aún tienen mucho por recorrer hasta que se consoliden como modelos de negocio rentables. Por tanto, de aprobarse la actual redacción del artículo 13, este nacería desacompasado con la realidad, situado en una norma equivocada y construido sobre bases y premisas erróneas.
Abel Martín Villarejo
Secretario General de Latin Artis y Director General de AISGE.
Profesor de derecho Civil en la Universidad Complutense de Madrid
Fuente: AISGE.

