Madrid, 4 de febrero de 2026
En la antigua Grecia, quien quería conocer el futuro viajaba a Delfos, que venía siendo como el epicentro del universo mitológico en aquella época. Ahora los principales oráculos de un mundo globalizado se citan en Davos, Suiza, para expresar diatribas sobre las perspectivas económicas, sociales y políticas a corto plazo. Sucede, no obstante, que al resto de mortales también les afecta y les preocupa el futuro, aunque quedan excluidos a todos los niveles de la toma de decisiones. Es una selecta minoría distópica la llamada a tomar las decisiones globales más relevantes para la supuesta construcción del futuro, cada vez más incoherente y contradictorio con la propia existencia humana. Sea como fuere, esa Humanidad …€“que se percibe rehén del poder económico dirigente piramidal que gobierna el Planeta…€“ ha de mirar muy atenta a los siguientes hitos que marque esa élite distópica que ejerce un control excesivo sobre una sociedad cada vez más deshumanizada y alienada a través, precisamente, de la IA y del resto de tecnologías de última generación.
Año tras año, en Davos se constatan los problemas actuales y el proceso de progresiva involución en el que se halla sumergido el mundo actual. Por eso, no resulta casual que en la última edición del Foro Económico Mundial la inteligencia artificial (IA) haya monopolizado debates, paneles e informes, en los escasos márgenes que el convulso orden mundial y las sobreactuaciones de sus actores protagonistas han dejado para el análisis de los problemas más acuciantes. Entre ellos la IA, que ya fue protagonista secundaria de la anterior edición.
No es casualidad que la IA sea el tema subyacente y recurrente por excelencia en Davos. La IA en ese foro se presenta como una distopía ("representación ficticia de una sociedad futura cuyas características negativas causarán la alienación del ser humano") del presente que afectará al futuro más inmediato. Y es cierto, sin embargo, que 2025 ha sido, sin duda alguna, el año en que la IA dejó de llamar a la puerta, pues ya está dentro y se está instalando en todos los rincones y ámbitos de la actividad humana: de ahí su sentido transversal y acaparador. Ha dejado de ser algo abstracto para convertirse en un conglomerado de megainfraestructuras tecnológicas y económicas que ayudan al desarrollo económico, social y cultural, pero que también constituyen una amenaza real para el empleo, la creatividad humana, la competencia, la energía y la geopolítica, entre otros aspectos.
No obstante, el enfoque que se percibe en Davos no es estrictamente tecnológico, sino jurídico-económico y político; o, más bien, geopolítico. El escenario de la cumbre de Davos no es más que una pasarela de poderes aparentes (políticos) y poderes reales (económicos), donde los primeros reciben los consejos y advertencias de los segundos. Y en esa suerte de balance superficial de la cuestión que nos concierne, durante el 2025 se han ido alzando voces autorizadas del poder real sobre los riesgos que esconde la IA detrás de sus virtudes. Voces que siembran dudas sobre el futuro fulgurante que se predijo años atrás a la IA.
Medios tan importantes como Financial Times, The Economist, Reuters, Bloomberg o Fortune han publicado varios análisis críticos contra la IA, a modo de puntas de iceberg. Estos informes han desplazado el debate desde la innovación hacia las consecuencias de su avance, que van desde la concentración de poder, la dependencia energética o el impacto laboral y en la seguridad nacional e internacional. Incluso mencionan la redefinición del nuevo orden geopolítico global.
Quienes acuden a Davos no son ingenieros duchos en la materia (IA), sino políticos y gestores de grandes empresas e infraestructuras, esos a los que un político español definió como "mercachifles". La innovación ha pasado de las mesas de trabajo y los laboratorios a los despachos de los directores ejecutivos; y de ahí, inevitablemente, al plano político e institucional.
La IA, con los problemas y soluciones que trae consigo, ya no es un asunto únicamente relacionado con el software, sino que afecta también a la infraestructura física. Prueba de ello es que el nombre de la empresa NVIDIA ha sonado en todos los foros económicos por sus últimas revalorizaciones. El control de las GPUs de alto rendimiento se ha convertido en un cuello de botella sistémico.
Esta revaloración viene marcada por su poder en el ecosistema de la IA. Sin acceso a su tecnología, no hay modelos fundacionales ni robótica avanzada. En otras palabras: el hardware es necesario para la existencia de los modelos de IA, sin estos modelos no se puede competir en el mercado, ergo el control del desarrollo y producción del hardware es la llave al poder. Eso explica, en clave de estrategia global, las restricciones en la fabricación y venta de chips de EE UU a China.
Esta acumulación de poder desplaza el debate, haciendo que gire en torno al derecho de la competencia, a la soberanía tecnológica y al control de exportaciones. El poder de mercado deja de ser un problema clásico de libre competencia y se convierte en una variable estratégica de seguridad nacional.

A esto hemos de sumarle un límite que a veces se nos olvida: la energía. Satya Nadella, consejero delegado de Microsoft, indicó en Davos que la carrera de la IA la ganará quien pueda pagar el recibo de la luz más barato, lo que demuestra que la IA solo es escalable en megavatios. Por tanto, y puesto que los centros de datos necesarios para entrenar y operar sistemas avanzados consumen cantidades masivas de electricidad y agua, estamos obligados a afrontar una nueva dimensión regulatoria a nivel global sobre estos aspectos básicos e inexorables. La IA no es neutra ni limpia, y su rápida evolución reabre los debates jurídicos clásicos sobre la sostenibilidad, los derechos ambientales o la equidad intergeneracional. Por tanto, las nuevas políticas deben abordar una planificación energética y de soberanía sobre recursos críticos, la sostenibilidad real de la digitalización (pero de verdad, y que no solo se trate de "marketing verde") y el análisis de nuevas asimetrías entre Estados con energía barata y Estados con energía cara.
No es casualidad, sino causalidad, que el desorden mundial actual venga marcado por el control de los recursos naturales (incluidas las tierras raras) y las fuentes de energía. EE UU sabe que solo obstaculizando el acceso de China a las fuentes de energía puede competir con dicha potencia por el dominio del nuevo orden mundial, en cuyo proceso la IA y toda la tecnología asociada …€“incluida la cuántica, que a su vez depende de esa energía…€“ se erige en la herramienta o instrumento intangible de mayor valor.
En definitiva, si la IA va a afectar a las economías de escala extremas, quien controle los datos, el hardware y la energía podrá aprovechar el valor de la IA. Quien no tenga esa posibilidad se quedará fuera de la carrera y sometido al ganador. Mas, de seguir por estos derroteros, el resultado que veremos será la concentración de la riqueza en unas pocas plataformas y en unos pocos fondos que manejarán todo el poder real a su antojo.
De otro lado, en Davos también ha aflorado el reto del empleo y la seguridad en la era de la IA. Aunque a veces podamos pensar que habrá una "apocalipsis laboral", desde Davos se ofrece un diagnóstico más preciso y, paradójicamente, más inquietante. Demis Hassabis, director ejecutivo de DeepMind (filial de Google especializada en investigación fundamental en IA), y Dario Amodei, CEO de Anthropic (compañía especializada en modelos fundacionales y seguridad en IA), coinciden en una advertencia concreta: la IA impacta primero en los puestos de entrada. Es decir, por ahora la IA no está destruyendo la pirámide laboral en su integridad …€“aunque lo podría hacer tal vez en el futuro…€“, sino que está impactando parcialmente en el mercado laboral rompiendo la escalera de acceso a los más jóvenes.
Finalmente, no podemos obviar el impacto de la IA en la robótica, que cada día también marca un nuevo hito cualitativo. Pero lo más llamativo, sin embargo, es que en Davos no se afronte el análisis del impacto de la IA desde la perspectiva de los derechos humanos, la protección de datos personales, las inequidades sociales, económicas y culturales que pueda ocasionar ni los efectos alienantes que en la sociedad moderna está causando. Estos aspectos, tan determinantes para los que no hemos sido invitados a Davos, no están siendo considerados.
Pero quizás el diagnóstico más autocrítico es el que llega desde dentro del propio sistema de poder financiero y económico. Larry Fink, consejero delegado de BlackRock (el mayor gestor de activos del mundo, con más de 10 billones de dólares bajo su administración), ha reconocido públicamente en Davos que el capitalismo ha exacerbado la desigualdad y que la IA puede intensificarla exponencialmente. Esta afirmación es aún más preocupante si se observa que emerge desde el epicentro de ese poder financiero que cimenta tanto la globalización económica como la tecnológica.
No solo han sido críticos con la actual encrucijada geopolítica/tecnológica los altos directivos o gurús financieros, sino también algunos grandes científicos. Yoshua Bengio, investigador canadiense y una de las figuras clave del aprendizaje profundo de la IA, introduce un enfoque distinto del geopolítico o económico. Bengio advierte sobre sistemas cada vez más autónomos e independientes. Indica que la carrera tecnológica avanza más rápido que nuestra capacidad de entender y controlar sus efectos. Es decir, una verdad incómoda dicha por unos de los padres de la IA. Tal vez el resto de los mortales …€“los que no fuimos invitados a Davos…€“ debamos abrir nuevos debates en torno a la competencia y el abuso de posición dominante sobre el control de datos y el hardware, para dotarnos de normas eficaces que nos protejan de los potenciales abusos. Llegó el momento de afrontar temas fundamentales como la redistribución del valor económico generado por la IA. O si, además de establecer límites, será necesario estudiar sistemas tributarios específicos para poder seguir organizando la vida colectiva de una manera justa y coherente. Puede que debamos plantearnos si es necesario el desarrollo de políticas públicas de equilibrio que aborden todo lo dicho, o incluso que exista una inversión pública en IA alternativa a la de las grandes compañías.
Con todo, la preocupación de la élite económica que se concentra en Davos no es por la IA o por la tecnología per se, sino porque comprende que sus consecuencias tocan los pilares del poder, la competencia y el equilibrio global. El escenario que viene dibujando exponencialmente la IA ofrece escasas garantías para el interés general de la Humanidad y no hace más que crecer la desconfianza hacia los líderes mundiales, las dos grandes potencias que compiten en la cúspide por dominar la era IA en todas sus dimensiones y hacia todos esos instrumentos jurídico-políticos que han puesto de manifiesto su incapacidad para afrontar eficazmente el reto.
Ningún estado ni organización política regional o internacional asumió a su debido tiempo las advertencias de los expertos independientes, incluso de los propios de la industria tecnológica. Tampoco nos han preparado para asumir y digerir esta realidad inquietante, pese al creciente análisis, interés, conocimiento y opinión técnica, ética y filosófica que pone a la Humanidad frente a un espejo de manera abrupta, detrás del cual puede esconderse el verdadero abismo. …¡Alea jacta est!
Abel Martín Villarejo
Secretario General de Latin Artis y Director general de AISGE.
Abogado y profesor de Derecho Civil en la UCM - España.

