Madrid, 29 de mayo de 2026
El 25 de mayo, el Papa León XIV presentó en el Vaticano su primera Encíclica. Se titula Magnifica Humanitas y está dedicada íntegramente a la inteligencia artificial (IA). Junto al Pontífice, en el acto de presentación se encontraba Chris Olah, cofundador de Anthropic, la empresa que seis semanas antes anunció que había desarrollado Mythos, un modelo tan potente que no podía ponerlo a disposición del público. Roma y Silicon Valley parecen tener claro que la IA no es solo una cuestión tecnológica, y la presencia de Olah no es un gesto simbólico, sino la voluntad del Vaticano de incorporar una voz de referencia dentro de la industria para poner de relieve que los riesgos de la IA también preocupan a quienes la desarrollan.
Mythos fue presentado por Anthropic el 9 de abril como un sistema de ciberseguridad. Esta descripción es casi diplomática, pues lo que en realidad puede hacer es detectar vulnerabilidades en cualquier sistema operativo, navegador o red bancaria con una eficacia que multiplica la de cualquier modelo anterior.
Sus resultados son abrumadores y, en un mes, ha encontrado más de 10.000 vulnerabilidades de severidad alta o crítica, entre ellas un fallo de 27 años en OpenBSD que nadie había advertido. Mozilla reconoció haber corregido 423 vulnerabilidades de seguridad en Firefox durante abril de 2026 gracias a un sistema basado en Mythos y otros modelos avanzados. De esas 423 vulnerabilidades, 271 fueron atribuidas directamente al modelo de Anthropic.
La propia Anthropic ha reconocido por escrito que el motivo por el que Mythos no se ofrece al público es que aún no existen salvaguardas suficientes para impedir sus posibles usos maliciosos. El modelo permanece en cuarentena para evitar que caiga en malas manos, y por ello solo tienen acceso unas pocas empresas de su confianza. La compañía llegó a admitir internamente que modelos de este tipo podrían permitir ataques automatizados a infraestructuras críticas “más rápido de lo que los defensores humanos pudieran responder”.
La estrategia de Anthropic ha sido precisamente diferenciarse de OpenAI, Google o Meta mediante un discurso centrado en la “IA constitucional”, la seguridad y la contención, evitando lanzamientos masivos y rápidos únicamente para ganar cuota de mercado. Vemos cómo OpenAI, por ejemplo, ha sido criticada por flexibilizar sus estándares internos de seguridad a fin de acelerar y mantener su ventaja competitiva; o que Google mantiene una estrategia orientada a integrar Gemini en todos sus productos, antes que a limitar públicamente sus capacidades. Por su lado, Meta directamente ha impulsado modelos abiertos y descargables. Anthropic, en cambio, intenta ocupar el espacio de la empresa prudente y ha construido buena parte de su reputación sobre la idea de que determinados modelos no deben liberarse inmediatamente; y, quizás por ello, ha sido la elegida por el Vaticano como la voz responsable de las tecnológicas.
Pese a su prudencia, su sistema Mythos quedó expuesto después de que una de estas empresas de su confianza fuera hackeada. La filtración fue confirmada por la propia Anthropic el pasado 22 de abril. Por tanto, el tiempo transcurrido entre la promesa de contención del sistema y su hackeo fue de menos de un mes. Algunas publicaciones han afirmado que, durante pruebas internas, Mythos se llegó a “escapar” de entornos sandbox y ejecutar acciones no autorizadas sin instrucciones humanas directas. Magnifica Humanitas llega en un momento clave. León XIV no escribe contra la tecnología ni propone un retorno a ninguna parte. Escribe sobre la dignidad humana como el bien jurídico que la IA pone en cuestión y sobre los mecanismos concretos a través de los cuales esa dignidad se erosiona. La concentración del poder tecnológico en manos de unas pocas empresas, la delegación de decisiones sobre vida y muerte en estos sistemas, la sustitución gradual de la realidad por su simulación y la utilización de la IA en conflictos armados tienen, según el Pontífice, consecuencias más graves que las de cualquier revolución industrial anterior. La palabra que ha elegido para describir lo que hay que hacer con la IA es "desarmar". La eligió, según explicó en la presentación, porque es una palabra fuerte para un momento que también lo es.
"Desarmar" es la palabra clave, pues durante 2026 se ha intensificado enormemente el debate sobre el uso militar de la IA. Estados Unidos, China y Rusia están acelerando, con la colaboración estrecha de las tecnológicas, el desarrollo de sistemas autónomos de defensa y vigilancia. Algunos medios han advertido recientemente de que la actual guerra es algorítmica. El formato de presentación de la Encíclica elegido por el Pontífice está cargado de significación. León XIV presentó personalmente la Encíclica, algo que no es habitual, pues los papas suelen delegar esa función en cardenales. Y la presentó junto a un representante de la empresa que ha desarrollado un modelo que ella misma considera demasiado peligroso para ser liberado públicamente. Transmitía así el mensaje de que la Iglesia –representando valores morales de la humanidad– y la industria de la IA se encuentran frente al mismo problema y, aunque lo miren desde lados distintos, son en ambos casos conscientes de su gravedad y saben que han de colaborar. De otro lado, León XIV firmó esta Encíclica el 15 de mayo, exactamente el mismo día en que, en 1891, León XIII firmó Rerum Novarum, el documento que estableció la doctrina social de la Iglesia ante la Primera Revolución Industrial. No es un detalle menor: el propio pontífice ya indicó que su nombre papal respondía a esa continuidad.
Por tanto, la IA aparece como una nueva revolución industrial cuyas consecuencias afectan a "la dignidad humana, la justicia y el trabajo". Si hace 135 años la doctrina católica ya fijó su posición frente a las condiciones laborales de los obreros de las fábricas, hoy la establece frente a un fenómeno que afecta mucho más allá de un trabajo o un salario, como es la imposibilidad de distinguir lo verdadero y lo real de lo simulado y lo artificial.
Cuando León XIV habla de esta sustitución de la realidad habla también del actor que ve su voz clonada sin su consentimiento, del artista cuya imagen puede reproducirse incluso después de muerto y del estilo de un músico que puede imitarse sin que él haya tocado o compuesto una sola nota. En definitiva, también habla de la posibilidad de que el trabajo creativo de las personas reales circule sin ellas y, a veces, contra ellas.
León XIV no habla solo de teología abstracta. Habla de doctrina social aplicada a la Cuarta Revolución Industrial: de la protección del trabajo frente a procesos de automatización que descalifican y precarizan al trabajador. Si en 1891 el peligro era la pérdida de la dignidad del obrero ante la máquina, hoy el peligro es la pérdida de la dignidad del creador ante el algoritmo que lo imita.
En materia de IA generativa, los artistas y demás creadores de contenidos son hoy lo que entonces eran los trabajadores de las fábricas: el primer eslabón de una cadena de transformación que ningún marco normativo está sabiendo proteger a tiempo. El propio Pontífice ha pedido que las reglas que rigen la IA no sean fijadas "solo por las élites técnicas o corporativas", sino que respondan a criterios de justicia social y bien común. Cualquier creador entiende algo tan esencial como que las decisiones que están moldeando el futuro de su trabajo se están tomando, en estos momentos, sin contar con él ni con sus interlocutores autorizados y legitimados, como es el caso de AISGE.
Cuando el desarrollo tecnológico avanza tan rápido, desbordando por completo los tiempos del Derecho y de las leyes, los únicos que pueden permitirse hablar y pensar a largo plazo son precisamente aquellas instituciones que no dependen de un resultado o un ciclo electoral. La Iglesia es una de ellas. El propio Pontífice lo ha formulado con dureza: cuando la fuerza del derecho se sustituye por el derecho del más fuerte, la única respuesta posible es restituir el primado del bien común. Es decir, que las reglas no pueden seguir escribiéndose en las salas de juntas de las grandes plataformas.
No hace falta ser católico ni creyente para reconocer la utilidad de esta Encíclica. Más allá de su dimensión doctrinal, actúa como un espacio público de reflexión que ningún parlamento puede ofrecer hoy, ni con esta amplitud temporal ni con esta libertad de tono. Cuando León XIV indica que la IA debe ser desarmada del dominio, la exclusión y la muerte, está nombrando con claridad algo que rara vez se verbaliza de forma tan nítida.
A día de hoy, tenemos a un sistema como Mythos puesto en cuarentena porque su empresa creadora no sabe cómo controlarlo, y a la Iglesia advirtiendo de los riesgos de la IA para la dignidad humana, el trabajo y la justicia como ya hiciera hace 135 años al denunciar los peligros y abusos de la Primera Revolución Industrial. La tecnología avanza a velocidades inimaginables, pero los gobernantes no consiguen consensuar una dirección única ante un problema global. Si es Roma quien formula la advertencia y parte de la respuesta, quizá el problema no sea tanto la tecnología como la política.
En España, el perturbador artículo 13 pretende avanzar contra esta doctrina y contra la dignidad y los derechos de los artistas, sin que el presidente Pedro Sánchez –estos días en el Vaticano como observador privilegiado de la Encíclica– ni el ministro Urtasun –diciendo lo mismo y lo contrario cada semana alterna y en cada ámbito o instancia diferente– reparen en la enorme contradicción que plantea dicho precepto a las necesidades de protección del artista frente la IAGen. El artículo 13 no protege al actor ni al artista en general, al contrario, le obliga a renunciar a cualquier protección de su trabajo creativo frente a la IA, cediendo y autorizando todo, sin límites reales, al productor.
Marco Antonio Mariscal Moraza Abogado y Doctor en Derecho.
Profesor de Derecho Civil en la UAH.
Director de Transformación Tecnológica en AISGE
Fuente: AISGE

