Madrid, 23 de abril de 2026
Hace ahora justo un año pusimos en marcha esta pequeña sección del Semanal de AISGE, Tecnología y Derecho, con el fin de abrir una ventana de reflexión sobre dos entes abstractos obligados a convivir, entenderse en paz y hasta cooperar en el ámbito de la creación artística: el derecho y la tecnología.
Ambos entes configuran el desarrollo de la creatividad artística desde tiempos remotos y precisan de una revisión constante para evitar que queden desconectados del vertiginoso desarrollo de las tecnologías, sobre todo de las disruptivas de última generación como la Inteligencia Artificial (IA), especialmente la IAGen. La sección Tecnología y Derecho, por tanto, asumió el propósito de divulgar, reflexionar y acercar el debate del momento al colectivo artístico y al sector cultural, con un tamiz pedagógico y didáctico –entendemos– muy necesario ante la magnitud de información que se genera a diario en torno a estos aspectos.
Era un reto muy ambicioso, pues se trataba de acercar las novedades semanales de estas realidades con un lenguaje accesible. Debíamos ser capaces de reflejar la velocidad a la que evoluciona la tecnología, transformando radicalmente las condiciones y métodos en los que trabajan los creadores que viven de aportar talento, tiempo, estudio y esfuerzo a la cultura. Y ello, además, vinculando cada cambio a las normas vigentes, muchas veces farragosas, y proponiendo, cuando era necesario, nuevas regulaciones apropiadas para la defensa de los creadores.
También hemos sido críticos con aquellas evoluciones tecnológicas o jurídicas confusas e invasivas de ámbitos pacíficos y consolidados a lo largo de los tiempos; y hemos afrontado de una manera sutil la “batalla conceptual” a la que nos ha abocado la industria tecnológica con un “neo-lenguaje” lleno de conceptos jurídicos indeterminados e incluso aspectos filosóficos de extraño encaje en los modelos de negocio que subyacen detrás de algunos sistemas de AIGen. Y cómo no, tuvimos la experiencia de dar la bienvenida al nacimiento fulgurante de sistemas como SORA, llamados a protagonizar una revolución en la creatividad audiovisual de contenidos de ficción, y su caída estrepitosa.
Tras un año, tenemos la satisfacción de poder decir que nuestra intuición era acertada y que esta sección es más que necesaria. Pues en materia tecnológica no es oro todo lo que reluce y, sin dejar de destacar las inmensas virtudes que la IA y otras tecnologías asociadas reportan a la evolución positiva de la humanidad en campos como la investigación en general, de la ciencia y la medicina, el propio de la tecnología y de la organización social, venimos poniendo en duda que tales virtudes y efectos sean extrapolables al ámbito de la creación artística, donde la mente humana, hasta la fecha, ha resultado imbatible a la hora de generar ficción con convicción, emociones con fundamento y credibilidad, dominando recursos como la ironía, la sátira y toda una suerte de recursos expresivos que aún quedan muy lejos de ser asumidos correcta y originalmente por el pensamiento lógico-deductivo del algoritmo.
Durante este año de vida hemos tenido la ocasión de hablar de inteligencia artificial, de normativas o proyectos, de estudios, de piratería, de plataformas, de imagen, de voz, de datos, de entrenamiento de sistemas, de manipulación, de nuevas formas de explotación, pero también de poner sobre la mesa nuevas formas de desprotección de los creadores. Analizar semana a semana la actualidad tecnológica y jurídica nos ha enseñado que, aunque a veces los avances tecnológicos nos puedan deslumbrar, no podemos aceptarlos como algo inexorable que tenemos que asumir por perjudiciales que sean para la creación artística.
Semana a semana hemos intentado transmitir que el problema no es la tecnología en sí misma, sino su correcto uso y regulación. Que el problema surge cuando pretendemos separar la tecnología de la ética y de la idea de justicia o, lo que es peor, regularla de manera incorrecta y oportunista, como parece que ha ocurrido con el famoso artículo 13 del anteproyecto del Real Decreto del Estatuto del Artista. Cada noticia analizada y cada artículo publicado nos confirmaban la posición de vulnerabilidad de los creadores frente a algunas estructuras tecnológicas y económicas que se pretenden imponer. A lo largo de la historia, el patrón siempre ha sido el mismo y con la IAGen no iba a ser distinto: aunque cambien las herramientas, el contexto y los modelos de negocio, siempre hay alguien que pretende utilizar el trabajo y el esfuerzo ajeno en beneficio propio y, por supuesto, sin una compensación justa. En cada artículo se ha pretendido tratar las cosas con claridad, porque informar es algo muy delicado. La información es una de las armas más poderosas que tiene el creador para proteger los frutos de su esfuerzo y de su talento.
La lección que todos hemos recibido en este primer curso de esta iniciativa divulgativa ha sido que ya estamos en el camino, que el colectivo de creadores no puede permanecer como convidado de piedra, viendo pasar un “tsunami tecnológico” de dimensiones colosales, sin poder levantar la mano y la voz para considerar su opinión, incluso con mayor legitimidad que los que aportan las soluciones tecnológicas o de quienes se aprovechan del talento y del esfuerzo creador ajenos. Aún queda mucho por aprender y comprender para hallar niveles de protección del creador y de la creatividad humana acordes con los tiempos y la evolución tecnológica. Pero si hay un bien jurídico superior, una cualidad definitoria de la condición humana, esa es la creatividad. Sin esa cualidad, sin la capacidad innata de expresar del ser humano, la vida y la convivencia de ese ser humano, su propia existencia, comenzaría a perder sentido de manera absoluta y dramática.
Debemos aprender a proteger de verdad la voz, la imagen y la identidad profesional de nuestros artistas frente a un mundo donde los deepfakes son una realidad cotidiana. Debemos aprender a ordenar un ecosistema cultural donde la creación sintética no amenace la creación humana. Y, sobre todo, parece que, como ya pasó con la irrupción de Internet, de nuevo toca concienciar a la sociedad de que no todo puede usarse, copiarse o monetizarse sin responder por ello. Tras este año, podemos decir abiertamente que no basta con admirar la potencia de las nuevas herramientas tecnológicas. Es un deber preguntarse a costa de quiénes se desarrollan y quién se beneficia. Si la respuesta es que solo son unos pocos quienes concentran los beneficios, mientras los creadores pierden visibilidad y protección, no estaremos hablando de progreso. Tecnología y Derecho se ha convertido en un espacio necesario. Y lejos de ser una tribuna con grandes ínfulas, debe constituir un modesto punto de apoyo que permita razonar y pensar con serenidad, que permita encender algunas alertas y, sobre todo, insistir en que la defensa de los artistas no es un obstáculo para el futuro, sino lo que hará que ese futuro merezca la pena. Porque, sin una correcta protección, la innovación siempre degenera en abusos. La historia ya ha demostrado que, sin reglas, la tecnología tiende a beneficiar al más fuerte y al delincuente, al que invierte y no al que crea, al que monopoliza la herramienta pero no al que aporta su esfuerzo creativo.
Por tanto, esta columna es una herramienta para la defensa del trabajo creativo, que siempre abogará por evitar que la cultura se convierta en un simple yacimiento de datos para cualquiera que tenga potencia de cómputo suficiente. El algoritmo puede producir mucha cantidad de contenidos, pero no crear una cultura necesaria, esa que alimenta como el pan de cada día el espíritu del ser humano. Producir no es crear: se producen productos, se crean obras o ficciones capaces de transformar por dentro la mentalidad del ser humano, hacer de su existencia material una aventura que merece la pena disfrutar más allá del consumo masivo de productos anodinos. Tampoco es lo mismo cocinar alimentos de sabores y aromas seductores que alimentarse con una cápsula insípida de cualquier compuesto químico, por muchas moléculas que pretenda fusionar.
Tras el primer aniversario de Tecnología y Derecho toca seguir perseverando. Y, aunque hemos avanzado, también hemos entendido que esto no ha hecho más que empezar. Aún queda mucho por explicar, comprender y defender. Por modesta que sea nuestra aportación, por la recepción alcanzada entre el colectivo artístico y en el sector cultural, por quienes nos leen y nos siguen, asumimos el compromiso de continuar desgranando estas dos realidades, estos dos entes que marcan nuestro camino, el derecho y la tecnología, sin caer en la tentación de creer que todo está ya decidido. ¡La función debe continuar! ¡Actio est continuanda!
Abel Martín Villarejo Secretario General de Latin Artis y Director General de AISGE.
Profesor de derecho Civil en la Universidad Complutense de Madrid
Fuente: AISGE

